El desafío de la educación para integrar las culturas en un nuevo concepto de ciudadanía por Silvia Viegas
Quisiera abordar en esta nota las siguientes líneas de trabajo: la construcción del ciudadano que desea formar el estado nacional a través de la institución educativa, la relación vincular entre docentes y alumnos en el nivel superior,, y la etnoeducación .
Muy a menudo en nuestras prácticas docentes, nos centramos en el aspecto logocéntrico del conocimiento. En la universidad, lugar por excelencia asignado al conocimiento superior, buscamos la suprema expresión del saber. A pesar de haber ya superado concepciones positivistas y enciclopedistas sobre la educación, continuamos en muchos casos posicionándonos en el lugar del “saber sabio”. Es casi como si diésemos “clases en el vacío”, es decir, dirigido siempre al mismo público, de manera repetitiva y monótona. Hay aulas en las cuales la única voz, al menos autorizada, que se escucha, es la del docente. Y olvidamos que tanto el proceso de enseñar como el de aprender, tiene sus tiempos y su mecanismo. A menudo repienso mi práctica, y me cuestiono todo el tiempo si la metodología utilizada es la correcta, si exijo mucho o poco, (qué es la exigencia y por dónde pasa?), renuevo la bibliografía, pero, por sobre todas las cosas, cuando salgo del aula, siento dos cosas: lo que mis alumnos me enseñan, y lo que siento cuando la distancia que hay entre nosotros sólo es generacional, (en algunos casos eso no es así), y/o por respeto, el cual, es mutuo, por supuesto. En mi especialidad, la Educación, mucho he leido y aprendido sobre métodos, técnicas, recursos, didáctica, enseñanza, aprendizaje…Pero casi nunca he hallado material sobre esa particular relación que se establece entre el alumno y el docente. Recientemente están apareciendo investigaciones sobre los vínculos, sobre el “afecto en la educación”. Sabido es que la emoción es el filtro con que recibimos todos los estímulos externos, a tal punto que podemos rechazar o aceptar lo que el otro nos dice, de acuerdo a quien sea ese interlocutor. El tema de los “afectos” es tomado en cuenta con mayor facilidad y cantidad de manera piramidal en la estructura de nuestro sistema educativo. Los afectos cobran suma importancia en el Nivel Inicial, gran importancia en el Nivel Primario, alguna importancia en el Nivel Secundario, y prácticamente nulo en el Nivel Superior, Universitario y No Universitario. Parecería que a medida que la enseñanza se complejiza en contenidos y conocimientos, se va borrando o desdibujando todo lo relacionado con lo “humano”. Se va borrando nuestro cuerpo, se va borrando nuestra sonrisa, se va borrando nuestra alma y nuestro espíritu.
Me pregunto ¿ese es el modelo de ciudadano que queremos? ¿no es acaso un ser sensible, solidario, sutil, pensante, reflexivo, el ciudadano activo? Hablamos de inclusión, de continuidad, de educación para el cambio social colectivo y la promoción social individual. Y educamos, como menciona Ranciere, a través del “atontamiento”. Bajamos conocimientos “acabados”, “cerrados”, donde se incorpora teoría y a veces no se permite opinar al alumno. Pareciera que “lo cognitivo”, “lo intelectual”, no puede aparejarse con “lo sensible”. Tanto alumnos como docentes anulamos y escondemos nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras sensaciones. Ahora bien, volviendo al concepto de ciudadano puede ser definido desde muchos lugares: desde lo económico, desde lo político, desde lo cultural. Sabemos que a un ciudadano lo define una categoría legal, con ciertos derechos y deberes a partir de cierta edad, con aptitudes para integrarse a un mundo demarcado por leyes y normas, y por otra parte para poder producir sus propios recursos para desempeñar un trabajo, cualquiera sea éste. Sin embargo, olvidamos algo muy importante: la ciudadanía es una construcción social, que, dependiendo de cada sociedad, está mediada por legislación propia de ese contexto. Así como para entrar en la adultez,o en la adolescencia, las distintas culturas tienen formas o rituales, así pues todas las sociedades poseen improntas que las hacen diferentes a las otras. Ahora bien, construir ciudadanía desde lo cultural, implica reconocer la singularidad y la “otredad”. Para acceder a la categoría de “ciudadano”, se debe reunir una serie de requisitos universales: edad, nacionalidad, residencia, Pero existen otras variables que dependen del contexto que define al concepto del cual tratamos: usos y costumbres, momento histórico, religión, sexo, condición intelectual, estrato social. No olvidemos que aún en muchos lugares del mundo las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres, no votan, no opinan, no pueden acceder a la educación. Pero no hace falta buscar en el Planisferio esas zonas lejanas. Volvamos la mirada sobre nuestra ciudad de Buenos Aires, y el Gran Buenos Aires, y al interior de nuestro país. En este sentido, tenemos distintas formas de conjuntos étnicos bien diferenciados. Aunque en realidad no son “étnicos”, sino “de procedencia”. Muchos de nosotros descendemos de europeos, así en distintas regiones se han asentado italianos, españoles, alemanes, franceses, portugueses, ingleses, holandeses, armenios, etc. Por otro lado tenemos al grupo de los “pueblos originarios”, algunos de los cuales aún ni siquiera tienen un idioma escrito, sólo oral. El fenómeno del inmigrante europeo trajo a nuestro país progreso, con mano de obra barata que, por circunstancias históricas, podían, si dedicaban día y noche a trabajar, acceder a la vivienda propia. “Lo primero es el techo”, llevamos como sellada en la cabeza la frase de nuestros ancestros. Pero el fenómeno de la globalización nos ha traido otro tipo de inmigración: la de los países limítrofes, personas de Perú, Paraguay,y Bolivia especialmente, arrojadas de sus propios hogares por necesidad de subsistencia, que han venido a transformar la configuración de nuestra sociedad. Entonces surge la necesidad de integrar a todos a la educación, en una suerte de Etnoeducación, donde se traba de, a partir del conocimiento de la cultura de origen, integrar a los “otros” al sistema educativo nacional. Al contrario de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, el nuestro debe emprender la aventura de incorporar a la educación a sus compatriotas descendientes de pueblos originarios, y a su vez, a personas provenientes de la vecindad geográfica. ¿Cómo pensar entonces en un sistema educativo articulador de distintas identidades, lenguajes, costumbres? ¿de qué manera asegurar el acceso de todos a la educación? ¿Cómo recuperar los años de escolaridad perdidos o realizados de otra manera, para que esos “ciudadanos” que a veces ni siquiera lo son por no poseer documentación, se inserten en la educación superior?¿qué estrategias implementar para que se puedan salvar diferencias de localismos o costumbrismos en el mismo idioma? Acaso nos encontremos nuevamente en la paradoja de la educación con que se enfrentó nuestro país cuando nació como nación: nacionalizar, homogeneizar, normalizar, crear una cultura nueva, pero, por sobre todo, para cobrar “identidad”. Pero allá por el 1880, muchos ignoraban el idioma escrito aún el de la lengua materna. Era más fácil comenzar a escribir una lengua “nueva” para todos, que encontrar puntos de contacto entre el que trae cada cultura a nuestras tierras. ¿Se trata de aculturalizar, enculturalizar, tal como sucedió con la conquista de América? No. Se trata de encontrar un único método que no se aplique como fórmula, sino de hallar caminos donde se encuentren las culturas, donde nadie sea avasallado, donde cada uno pueda mirar a los ojos del otro y encontrar a ese “otro” que pudiera ser él o ella. Pero, ¿cuál es el principal ingrediente para aceptar al otro como alguien distinto a mí? Volviendo al tema de la educación, ¿educamos respetando la singularidad u la otredad? ¿permitimos que el sujeto de la educación construya su identidad integrándose a su vez en su grupo de pertenencia? ¿aceptamos que piense diferente de nosotros? ¿acaso no estigmatizamos a nuestros alumnos adultos, con rótulos a veces inamovibles?¿les permitimos disentir, repensar, buscar otras respuestas, o simplemente formamos ciudadanos que repitan un discurso dado sin deternerse a repreguntar, a ser conciente de su propio proceso de aprender, de dar vuelta la hoja, de leer aquello que no le damos, de buscar entre líneas,y, sobre todo, le permitimos expresar sus miedos, sus sentimientos, sus dudas? ¿nos olvidamos de cuando nosotros éramos estudiantes, y nos quedábamos congelados frente a un tribunal examinador? De esta manera, buscamos la Inclusión y desarrollamos teorías modernas sobre el impacto de las Tics, de la Etnoeducación, de la no deserción, y sin embargo, continuamos aplicando los métodos ortodoxos de la Ley 1420. En la medida en que no perdamos de vista nuestra dimensión intelectual como docentes, pero también la espiritual, la sensible, la afectiva, aquella que hace que cada alumno sea único, en la medida en que buscamos “seducir” como un actor a su público, y que, a través de la libertad, le permitimos construirse a sí mismo, sólo con nuestra intervención de guía y consulta, y nos coloquemos en un lugar desde el cual aprendemos juntos, y acompañamos y convocamos a nuestros alumnos universitarios a no ocultar el aspecto humano de su persona, podremos entonces al menos acercarnos a la idea de formar profesionales humanos. Porque como dijera el gran Dr.Favaloro, “cualquier profesión sin humanidad, no sirve para la sociedad”. Dejemos que ese alumno sea fruto de su propia creación, donde el resultado final sea el producto donde nuestra mano fue guiada por la de ellos para darle forma. Cuando Phillip Meirieu nos habla del docente como un creador de un Frankenstein que quiso obtener a su imagen y semejanza, nos invita a repensar si lo que queremos obtener es a un conjunto de alumnos “iguales” a nosotros, o si nuestra verdadera obra de arte consiste en que ese alumno se nos presente como diferente, con autonomía, con libertad de elegir. Cuando hallamos el perfecto equilibrio entre afecto y profesionalidad, entonces sentimos que, al igual que a los hijos, no formamos profesionales para que nos emulen. Deberíamos comenzar a mirar detenidamente a cada uno de nuestros discípulos cuando estamos en la clase. No dejar fuera de nuestra mirada a ninguno, aún en los cursos más numerosos. Todos tienen esperanzas, sueños, dolores, ilusiones, una historia personal, como nosotros. Sólo enseñando a acercarnos unos a otros, podremos entonces comenzar a pensar, en cómo llevar a la práctica, la etnoeducación. Por eso, porque el vínculo afectivo será siempre la base del aprendizaje, y no entiendo al mismo como factor de facilismo, permisivismo, falta de profesionalismo o acortamiento de distancia profesional. Los roles pueden cumplirse sin dejar de ser cordiales y sin dejar de lado la subjetividad de cada uno. Cuando apago las luces, y cierro la puerta del aula, me voy llena de dudas, el necesario “conflicto cognitivo” que me moviliza siempre a saber y conocer más, porque, por momentos, siento que he aprendido de mis alumnos, más de lo que yo les he enseñado…Que ellos me obligan constantemente a moverme hacia la “zona de desarrollo potencial”. Por ello, en el proceso de enseñanza y el de aprendizaje, quién educa a quién? Sólo convirtiéndonos en el “maestro ignorante” de Jacques Ranciére evitaremos que el “atontamiento” distancie a los ciudadanos que no pueden admitir ni ver con ojos humanos, al diferente, al otro. Si vencemos la tentación de actuar como Pigmaleón, y lograr que ese “ser sujeto de la educación”, se nos resista a la sumisión, y hasta nos supere, entonces, cuando conozcamos a ese “otro” que ha logrado encontrar su identidad y su singularidad gracias a la educación, entonces, y sólo entonces, podremos comenzar a buscar caminos para logar “ciudadanos que acepten la diversidad, que respeten y hasta que amen a aquel que lo desafía a comprender los significantes de su cultura diferente..
